1 de diciembre
Na-die-mi-ra-cuan-do-rí-e
Roger
La campanilla de The Lantern suena como una cucharilla contra un vaso. Aquella noche sonó dos veces, porque el viento me arrancó la puerta de la mano.
—¿Otra vez aquí? —dijo Iris sin levantar la vista de la barra—. ¿Es que no tienes casa?
—Tengo casa. Lo que no tengo es pay.
—Pues hoy tampoco vas a tener gran cosa. Se me quemó el borde.
—Entonces vengo a supervisar.
Llevo tres inviernos sentándome en la misma mesa y todavía no sé si Iris tiene perro, si duerme con calcetines o por qué dejó de manejar.
Me señaló la mesa con el trapo, por si se me había olvidado el camino. La cuarta junto a la ventana. Cojea si apoyas el codo izquierdo. La primera semana pensé en decirle que la calzara. Luego descubrí que me gustaba saber que cojeaba.
Me quité el abrigo y dejé el celular boca abajo junto al servilletero. Dentro había un correo de Chicago sin contestar desde hacía tres semanas. Una oferta de las que se contestan rápido o no se contestan, con un sueldo que en Wren Hollow no gana ni el banco entero y una última línea que me sabía de memoria: Necesitamos tu respuesta antes de Navidad. Lo vigilaba de reojo. Como a un perro dormido que no es tuyo.
Sé otras cosas. Que cierra a las ocho y media sin ninguna prisa y no ha echado a un cliente en su vida. Que si te levantas a llevar tu plato a la barra te lo quita a medio camino y te mira mal. Que tiene una cicatriz pequeña en el pulgar izquierdo, de un cuchillo de pan, y se la frota cuando a alguien no le llega el dinero para la cuenta; esa noche, a ese alguien, se le olvida cobrarle. Que se ríe como si alguien le hubiera dado permiso.
Con un perfil así no le gestionaría la cartera ni a un primo. Mi abuela diría que sé justo lo que importa.
Dentro olía a canela y a café recalentado. Los hermanos Pruitt discutían de fútbol, como desde 1987. La señora Delgado peleaba con su crucigrama y su té de canela. En la barra, un camionero se comía un chili con trescientas millas todavía por delante.
En la pizarra del menú, Iris había borrado la sopa y había escrito en tiza roja, con su letra redonda: Faltan 24 días.
—¿Eso es una amenaza? —pregunté cuando se acercó con la cafetera.
—Es una cuenta regresiva.
—¿Para qué?
—Para Navidad, Roger. Es diciembre. Pasa todos los años. Como tú aquí.
Me llenó la taza sin preguntar. Solo, sin azúcar. El primer día me lo sirvió con leche y me lo tomé por educación. El segundo, también. El tercero me dijo: «Tienes cara de tomarlo solo y de no saber protestar». No ha vuelto a preguntar.
Volvió con el plato. Pay de nuez. El borde, oscuro.
—De manzana hoy no hay. Se me pasaron las manzanas.
—Quemada —dije.
—Tostada.
—No te esmeraste mucho hoy. ¿Qué pasó? ¿Estás nerviosa?
—No doy abasto, que es distinto. —Se apartó el pelo de la cara con el dorso de la muñeca, porque tenía los dedos manchados de algo—. Si no te gusta, te lo cobro igual.
—Me lo voy a comer por pena.
—Por pena te lo cobro doble.
Se fue con esa forma de andar que tiene, de llegar tarde a algún sitio aunque no vaya a ninguno.
El pay estaba bueno. Lo está todas las noches. Pero hay un acuerdo entre nosotros, firmado en algún momento del primer invierno: yo me quejo del postre y ella me insulta. Ninguno de los dos ha propuesto rescindirlo.
No le he dicho que me crié entre nogales. Las nueces de aquella noche llevaban un minuto de más en el horno y les sentaba bien. No se lo voy a reconocer nunca.
Me comí primero el borde. Lo hago desde niño: en la cocina de mi abuela éramos cinco nietos y lo bueno se acababa antes de llegar. Iris pasó junto a mi mesa con dos platos de chili y frenó.
—¿Por qué te comes primero lo quemado?
—Mi abuela decía que lo malo se come primero, para que lo bueno te agarre con ganas.
—¿Y qué diría tu abuela de mi pay?
—Que a la masa le faltó paciencia y le sobró horno. —Otro bocado—. Lo diría en español, que suena peor.
—Tu abuela no ha probado mi pay.
—No le haría falta. Le bastaría con verte las manos.
Se miró las manos, con harina en los nudillos, y luego me miró a mí. Siguió hacia los Pruitt sin contestar. Al volver me dejó en el plato una servilleta escrita con la pluma de los pedidos: Dile a tu abuela que mañana le pongo paciencia.
Mi abuela lleva seis años sin poder darle la razón a nadie. No se lo dije. Doblé la servilleta y la guardé en la libreta.
La libreta es de cuero marrón, con las esquinas gastadas y un elástico que ya no cierra. Mi abuela, que cruzó desde Coahuila siendo niña, tenía una igual: recetas, refranes y, en los márgenes, versos de ocho sílabas. Decía que lo que no cabe en ocho sílabas no vale la pena decirse. Yo me reía de ella. Ahora tengo treinta y nueve años y cuento sílabas con los dedos debajo de la mesa de una cafetería, en español, como ella. Delante van los versos. Detrás, los números de los clientes. No se mezclan.
Iris volvió con la cafetera y me miró la camisa de arriba abajo, con los ojos entornados.
—¿Hoy también vienes del banco?
—No soy del banco.
—Pues de la funeraria. Con esa camisa, o vienes de firmar una hipoteca o de enterrar a alguien. Todavía no lo decido.
—Se parecen bastante.
Volvió al minuto con un talonario de boletos.
—Ya que vienes de luto, alegra el ambiente. La canasta de la Cámara de Comercio: un jamón, una botella de bourbon, una manta de lana y un vale de cincuenta dólares en la ferretería de los Pruitt. A dólar el boleto. Es por una buena causa.
—¿Cuál?
—Que no me tenga que quedar yo los que sobren.
Le compré cinco. En cada resguardo escribió Roger, mesa 4. Ni rastro de mi apellido. No lo sabe; nunca le ha hecho falta. En el despacho soy el señor Hale y cobro por horas. Aquí soy la mesa 4 y pago yo. Salgo ganando.
—No se moleste, hijo —dijo la señora Delgado sin levantar la pluma—. La canasta me la gano yo. Gané las dos últimas.
—¿Cuántos boletos compra usted?
—Uno. El Señor sabe lo que hace.
Iris se guardó mis cinco dólares en el delantal. A la señora Delgado no se la discute.
A las ocho menos diez entró Bob, sacudiéndose el frío como un perro grande.
Tardé más de lo que me gustaría en saber que era su hermano. Primero pensé que era su marido; durante una temporada corta y vergonzosa, un cliente que le debía dinero. Un día la señora Delgado preguntó desde su crucigrama «¿y tu hermano, cariño, sigue con la espalda?», y Bob, desde la barra, contestó «sigo, señora Delgado, gracias». Se me ordenó el mundo.
Se parecen poco. Él es alto y ancho, rubio de un rubio que se oscurece con los años, con cara amable de entrenador de preparatoria. Ella es morena, pequeña y afilada. Pero se ríen en el mismo punto de la frase.
Bob se sentó en el tercer taburete, el del cuero rajado. Iris le puso delante un café con leche y pay sin que pidiera nada.
—Está tostado —le advirtió.
—Ya veo. ¿Qué te pasó?
—Nada. Que no llego a todo. Me falló el proveedor de las nueces y tuve que ir a Fredericksburg por ellas.
—¿En qué fuiste?
—En autobús.
Bob dejó el tenedor en el plato. Un gesto pequeño. Lo vi.
—Iris.
—No empieces.
—Que te lo presto. Sara casi no usa el suyo.
—Dije que no empieces.
Y no empezó. Saben dónde está la línea del otro.
En algún momento Bob dijo algo de un disfraz de reno y una foto de cuando eran pequeños, e Iris soltó una carcajada.
No sé explicar esa risa sin parecer idiota. Es demasiado fuerte y demasiado repentina, y sale entera, con la cabeza hacia atrás y la boca abierta. Cuando se ríe así, la cafetería sube un par de grados. La señora Delgado sonrió sin levantar la vista. El camionero alzó la cabeza del chili.
Luego volvieron a lo suyo. Nadie la miró más de un momento. Me pasa mucho en The Lantern: veo a la gente perderse esa risa y no sé si enojarme con ellos o darles las gracias.
Entonces pasó Kayla.
Kayla trabaja con Iris desde la primavera. Veinticinco años, cola de caballo muy alta, una pluma detrás de la oreja que no usa nunca. Pasó por detrás de Bob con una bandeja de tazas sucias, y Bob, sin dejar de hablar con su hermana, sin girar del todo la cabeza, le soltó media sonrisa canalla. De las que un hombre casado no debería tener ni guardadas.
Duró poco. No era de las que se pueden probar ante un juez. Kayla se puso roja del cuello a las orejas, bajó la mirada y le sonrió a la bandeja de una forma que no tenía nada que ver con las tazas.
Iris estaba de espaldas, sirviendo café. No lo vio. Yo sí.
No me gustó. No porque sea asunto mío. Por ella. Por cómo le había puesto el café con leche a su hermano sin preguntar, como a mí me lo pone solo. Hay gente que te conoce las costumbres y gente que te conoce la vida. Sabía en qué grupo estaba Bob. También en cuál estaba yo.
El teléfono de Bob vibró sobre la barra. Miró la pantalla, le dio la vuelta y siguió hablando.
—¿Era Sara? —preguntó Iris sin volverse.
—Luego la llamo.
Kayla volvió a pasar dos minutos después, con la escoba. Bob se giró un poco en el taburete.
—Kayla, ese delantal te queda mejor que a tu jefa.
Lo dijo en broma, con la voz simpática que usa con todo el mundo. Casi funcionó. Kayla se rio por lo bajo y siguió barriendo. Iris se dio la vuelta con la cafetera en la mano.
—Robert Allen Hayes.
—Uy. El nombre completo —dijo Bob, que solo es Robert cuando su hermana se enoja.
—Deja en paz a mi mesera. —Lo apuntó con la cafetera como con una pistola—. No tiene por qué aguantarle estas cosas a un hombre felizmente casado.
—Felizmente casado. —Se llevó la mano al pecho—. Suena a diagnóstico.
—Te lo digo para que no se te olvide.
Se rieron los dos. Kayla siguió barriendo, colorada. Yo me quedé mirando a Bob, que se reía con la boca y no con los ojos.
Se fue a las ocho y cuarto. Iris lo acompañó hasta la puerta colgada de su brazo. Allí Bob se inclinó y le dio un beso en la frente. No en la mejilla. En la frente, apartándole el pelo con la mano, como se besa a un niño con fiebre. Se despide así cada vez. Es lo único que le he visto hacer que me parece del todo sincero.
—Dale un beso a Sara.
—De tu parte.
—No, de la tuya. Que se los das poco.
Él se rio y salió. La campanilla. El frío entró lo justo para mover las servilletas.
Iris se quedó mirando la puerta cerrada. Tres o cuatro segundos, con la cara quieta, y su cara no se está quieta nunca. No era tristeza. Era la cara de alguien que cuenta a la gente de una habitación y le sale uno menos.
Luego se volvió y me sorprendió mirándola.
No aparté la vista. Para algo tengo antigüedad en esa mesa.
—¿Qué estás mirando?
—La pizarra. Faltan veinticuatro días, me dijeron.
—Me estabas mirando a mí. —Cruzó los brazos. Tenía harina en el codo y no lo sabía—. ¿No tienes vida propia? ¿Vienes a escuchar lo que hablo con mi familia?
—Vengo por el pay.
—El pay estaba quemado.
—Por eso. Alguien tiene que dejar constancia. Además, tu familia es mejor que lo que dan en la tele. Deberías cobrar la entrada.
Vino a recoger mi plato. Con la otra mano, sin pensar, me quitó la taza vacía de entre los dedos. Tuvo que tirar. Tengo las manos grandes y agarro las tazas con más fuerza de la que piden.
—Un día me vas a romper una.
—Te la pagaría.
—No es por el dinero. Son de mi madre.
Lo dijo muy rápido y se fue a la barra antes de que yo contestara. Llevaba tres años bebiendo de las tazas de su madre. No lo sabía.
Antes de que cerrara la cocina pedí un sándwich de queso a la plancha. No tenía hambre. Lo pido los martes a esa hora, entero, porque Iris no cena: come de pie, a pedazos, lo que vuelve de las mesas o lo que se rompe al desmoldar. La excusa oficial es que a esas horas solo me cabe medio. En la cuenta aparece «medio sándwich», con su letra, y un precio que no está en la carta.
Aquella noche, al recoger el plato, miró la mitad que quedaba.
—Tú no estás lleno.
—Llenísimo.
—Los martes a esta hora siempre estás lleno. Es una cosa médica, ¿no? Deberías revisarte.
—Es el pay. Me cerró el estómago del disgusto.
Se llevó el plato a la barra, se apoyó de cara a mí y se comió su mitad a bocados pequeños. No me dio las gracias. Tampoco las esperaba.
A las ocho y media se fue la señora Delgado. Kayla colgó el delantal, dijo «buenas noches, jefa» con la voz más alegre de lo normal, miró el teléfono y salió casi corriendo. Nos quedamos solos, como casi todas las noches que vengo. Ella hacía el corte de caja con el moño medio deshecho. Yo esperaba, sin taza y sin excusa.
Entre billete y billete subió las sillas a las mesas, patas al techo. Todas menos dos: la mía y la de enfrente. La de enfrente no la ocupa nadie. Yo no dejo en ella el abrigo y ella no apoya ahí la bandeja, pero es la única silla de The Lantern que pasa la noche en el suelo. No le he preguntado nunca.
A las nueve menos veinte sonó el teléfono de la pared, el de cable rizado, que solo usan los proveedores y los mayores de sesenta. Iris lo sujetó con el hombro sin soltar los billetes.
—The Lantern. —Pausa—. Buenas noches, señor Hendricks.
Puso los ojos en blanco. Hendricks dirige la sucursal del banco de la plaza y quiere cuarenta cajas de galletas sin pagarlas.
—Cuarenta cajas a doce dólares, señor Hendricks. —Pausa—. No, el precio del año pasado era del año pasado. Las nueces subieron. —Pausa larga—. Sí, ya sé que es Navidad. Por eso hay galletas.
La vi aflojar. Iris regatea con todo hasta que el otro dice «es Navidad», y entonces baja la guardia. Yo me gano la vida sabiendo por dónde baja la guardia la gente. Agarré una servilleta, escribí Mitad por adelantado. Si no, no enciendes el horno y se la dejé junto a la caja.
La leyó. Levantó una ceja. Luego se cuadró delante del teléfono y habló con una voz que no le conocía, la de alguien que cobra:
—Se lo pongo fácil, señor Hendricks. La mitad por adelantado mañana y el resto a la entrega. Si no, no enciendo el horno. —Silencio—. A las nueve. Perfecto. Buenas noches.
Colgó con mucho cuidado.
—No te pedí ayuda.
—Lo sé.
—Lo iba a conseguir yo sola.
—Seguro. Pero le ibas a hacer descuento.
Abrió la boca para negarlo y la cerró. Dobló la servilleta en cuatro y se la guardó en el delantal, con mis cinco dólares.
Cerró el cajón, descolgó el abrigo y apagó la mitad de las luces. Quedó el neón de Open de la ventana, zumbando.
—¿Te llevo? —pregunté.
—Hoy camino. —Me ha dicho que sí una vez: la noche de la nieve, el primer invierno—. Ya tuve bastante autobús por hoy, y tu auto huele a oficina.
—Huele a cuero.
—A cuero de oficina.
Salimos juntos. Cerró con llave y apagó el neón desde fuera con un interruptor escondido detrás de una maceta. En la plaza, el árbol del juzgado parpadeaba con el foco de la punta fundido.
Se subió el cuello del abrigo y empezó a andar hacia atrás, de cara a mí, como hace cuando le queda una frase.
—Oye, Roger. Tú me has visto con mi hermano un montón de veces. Sabes cómo es, sabes cómo me saca de quicio. —Ladeó la cabeza. Un mechón le cayó sobre la cara y esta vez lo dejó estar—. Algún día me contarás cómo te llevas tú con los tuyos. Porque tienes hermanos, ¿no? Tienes cara de hermano mayor.
Se me ocurrieron varias respuestas. Que tengo cuatro. Que la mayor, Lupe, tiene cuarenta y seis años, una granja de nueces a dos horas al norte y tres hijos: Danny y Mateo, que ya le sacan la cabeza, y Rosie, que tiene nueve y lo intenta. Que a los cinco nos crio una abuela que contaba sílabas, porque mi madre trabajaba en todo lo que salía. Que mi padre pesca en un pueblo de la costa y me llama al día siguiente de mi cumpleaños. Que en Nochebuena somos veintitrés alrededor de una mesa para doce y llevo tres Navidades buscando excusas para no ir.
Y otra cosa, que no era de hermanos.
—Iris.
Se paró. Esperó, con las manos en los bolsillos. La luz le venía de lado, del farol. Tenía la nariz roja y la harina todavía en el codo.
Conté. Tres segundos. Cuatro. Cabía en ocho sílabas. No lo dije.
—Cuatro —dije—. Y la historia de cada uno cuesta un pay. El jueves me traes el de durazno sin quemar y te cuento el primero.
Abrió la boca para devolvérmela y por una vez no le salió nada. Luego se echó a reír allí mismo, en mitad de Main Street, y la risa rebotó en los aparadores apagados.
—Eres un chantajista, Roger.
—Asesor financiero. Es parecido, pero con corbata.
Se alejó por la acera pisando a propósito las baldosas sueltas para que sonaran.
Iba por la mitad de la manzana cuando bajó por Main Street, a paso de procesión, la patrulla del sheriff. Paró a mi altura y bajó la ventanilla. En el tablero llevaba un vaso para llevar de The Lantern y un muñeco de nieve de plástico que asentía con cada bache.
—¿Todo en orden, Roger?
—Todo en orden.
—Ya. —Miró a Iris, que seguía calle abajo, y luego a mí, apoyado en el auto con las llaves en la mano—. Llevo mucho tiempo viéndote hacer esto mismo. Un día de estos te voy a tener que multar.
—¿Por qué?
—Por estacionamiento sin propósito. —Se le fue la mirada hasta la esquina de la farmacia y volvió con una sonrisa que no le cabía en el uniforme—. Que descanses, hijo.
El muñeco de nieve me estuvo diciendo que sí hasta que la patrulla dobló la esquina.
En el bolsillo, el celular vibró una vez. Chicago otra vez hasta arriba. Me quedé junto al auto hasta que Iris giró en la farmacia. Luego me senté dentro, con el motor apagado y el frío subiéndome por los tobillos, saqué la libreta y escribí en la primera página libre, con la letra torcida sobre la rodilla:
Nadie mira cuando ríe.
Ocho sílabas. Las conté dos veces.
Dejé el teléfono boca abajo en el asiento del copiloto, arranqué y puse la calefacción al máximo. Chicago llevaba tres semanas esperando. Una noche más no se iba a notar. Lo otro llevaba bastante más.